EL VERBO CREADOR
Análisis del cuento Sombras sobre un vidrio
esmerilado, de Juan José Saer.
¡Qué complejo es el tiempo, y sin embargo, qué sencillo!
La exclamación, casi un suspiro, de Juan José Saer refleja
una epifanía: la de percibir la magnitud del tiempo en la orilla de lo
comprensible, desde esa corteza pulsional donde se gestan las grandes ideas y
donde se plasman las visiones. Porque por debajo de las capas espesas de
abstracción que recubren a las cosas, cada lugar es la forma empírica que asume
el todo, una especie de punto de intersección en el que lo material y los
símbolos se entrecruzan. Cuando un gran escritor escribe —dice Saer en El
concepto de ficción—, lo hace siempre desde el paradigma de ese
entrecruzamiento. Y sin duda Saer es un gran escritor. Desde el paradigma
de este entrecruzamiento adversativo, el tiempo ocupa un espacio de atención
fundamental. De pronto nos instalamos en la perspectiva de Adelina Flores, una
poetisa que observa la realidad sentada en una hamaca. Con el balanceo, vamos
cayendo imperceptiblemente en un espacio ajeno que, sin embargo, nos resulta
aterradoramente propio. Qué complejo, pero qué sencillo. Saer nos propone una
aventura rutinaria, una singularidad plural: darle espacio al tiempo,
convertirlo en objeto de nuestra mirada, aunque, ni siquiera por el lapso que
nos tome la reflexión, podamos deshacernos de él. Nos propone salir de la
pluralidad del tiempo cronológico para adentrarnos en la singularidad del
tiempo abstracto, una proeza excepcional que sólo puede lograr la ficción, aun
con la certeza de que esta misma ficción está inmersa en la realidad y en su
rutina.
Se desencadena, a partir de esta frase inicial, una
sucesión de preguntas retóricas, reflexiones y búsquedas. El pensamiento
empieza a fluir y asocia recuerdos, deseos, sentimientos o dudas.
Inmediatamente, encontramos un adverbio que se repetirá muchas veces: “ahora”.
Tomemos el caso de mi seno derecho. En el ahora en que me lo cortaron, ¿cuántos
otros senos crecían lentamente en otros pechos menos gastados por el tiempo que
el mío? Y en este ahora [...] ¿cuántas manos van hacia cuántos senos
verdaderos, con temblor y delicia? El tiempo unifica la acción y delata la
diferencia circunstancial: Ahora que a mí me cortaron, otros tienen. Ahora que
lo mío es falso, lo otro es verdadero. Sin duda, la otredad, el mundo interno y
el mundo externo serán los jugadores de esta partida. La realidad exterior, lo
que le sucede a la gente allí afuera y lo que le sucede a Adelina. En esta
convergencia, el tiempo deja de ser una variable fácilmente asequible y ya no
está sujeto a las mediciones estandarizadas de lo real externo. Existe otra
realidad y otro tiempo, los de Adelina Flores y su conciencia, los del hombre
interior. Entonces, decanta naturalmente una pregunta: ¿Quién soy? ¿Cómo juega
la identidad desde esta perspectiva? Soy la poetisa Adelina Flores. ¿Soy la
poetisa Adelina Flores? Hasta las aseveraciones más básicas corren peligro.
El terreno sobre el que nos movemos se ha convertido en un lodazal. ¿Qué se ha
llevado el tiempo? ¿Qué nos ha dejado? ¿Quiénes somos luego de tantas
mutaciones? Sólo una respuesta es certera para Saer: Adelina Flores ve la
sombra de su cuñado detrás de un vidrio. Esta es la constante de la realidad,
ni más ni menos, la sombra. Móvil, difusa, gris, escurridiza, la sombra
se escapa como el agua, se percibe ya desfigurada, alterada, se fuga con el
tiempo antes de que podamos tocarla.
Ahora, esa
palabra tan compleja y tan sencilla, ganará en el texto una ductilidad
asombrosa:
– Haciendo avanzar la acción:
Ahora comienza a desabrocharse (con
frase verbal incoactiva).
Ahora Leopoldo se ha sacado el calzoncillo y lo observa.
– Devolviendo la narración a su circunstancia, la
perspectiva de Adelina:
Ahora vuelvo
ligeramente la cabeza y veo la mampara que da al patio.
Ahora que no veo la puerta de vidrios esmerilados del baño, ¿qué estará
proyectándose sobre ella? Seguramente el cuerpo desnudo de Leopoldo.
– Insertándose en el plano conjetural, lo que podría
estar haciendo Susana:
Ahora Susana
recuerda en qué dirección se encuentra la esquina.
– Condensando la idea de tiempo:
En este momento,
únicamente esa sombra es “ahora” y el resto del “ahora” no es más que recuerdo.
Así, la palabra ahora se convierte en un término, con una
significación singular, propia del mundo de Saer, y se despliega como un manto
sobre la urdimbre conceptual del texto. El ahora es una figurita repetida, una
obsesión fantasmal que se acerca ululando, aunque apenas puede rozarnos,
porque, en cuanto se percibe, ya es otra cosa: pasado, recurrencia, recuerdo,
conjetura.
He traído el
sillón de Viena a este lugar y estoy hamacándome lentamente en él. Adelina se hamaca, eso es lo único que hace,
además de observar, pero Saer enfatiza el movimento de la hamaca con el uso del
gerundio, una elección nada azarosa. Adelina no sólo se hamaca sino que está
hamacándose, va y viene, pero permanece en el mismo lugar. Ninguna metáfora
hubiese sido más adecuada para mostrar la frecuencia temporal. Ahora se está
atrás, ahora adelante y sólo se pasa fugazmente por el centro. El pasado y el
futuro son parte del presente. Los recuerdos y los deseos de Adelina invaden su
pensamiento, su actualidad, y así todo se actualiza, pero nada se detiene. Hay
una suerte de presente continuo, un tiempo unificador, el de la hamaca, que se
sitúa en la observación y no puede morder los costados de la vida, no puede
asirse a su vestimenta, porque si lo hace, pierde su identidad, deja de ser
totalizador y magnánimo para fundirse en la mortalidad de lo concreto. Por eso,
cuando Adelina va hacia el pasado sólo se atreve a narrar en pretérito perfecto
compuesto: He visto crecer y cambiar ciudades y países
como a seres humanos, pero nunca he podido soportar ese cambio en mi cuerpo. Nada es totalmente terminativo, las acciones
rondan el presente, y ese presente está cubierto por niebla. Todo presente es, casi por definición, arduo y sombrío. La
cognoscibilidad relativa del pasado neutraliza sus amenazas, en tanto que el
tembladeral del presente es incierto y precario. El hombre vive ese presente
como el privilegio dudoso de una sentencia diferida —dice Saer en “Literatura y crisis argentina”, de El concepto de ficción.
En el presente, Adelina encuentra refugio, porque su
virginidad le permite conservarse intacta, fuera del cambio y de la muerte.
Cómo permanecer inalterada, pura, sagrada igual que la palabra primigenia sino
en la hamaca, casi suspendida sobre la contingencia de los otros, a un paso del
mundo, pero un poquito más lejos. Sí, la hamaca es un recurso tentador, una
deliciosa ilusión. Sin embargo, el cuerpo pertenece al tiempo, sufre la
degradación, muere. Esto es lo insoportable, su voracidad: porque aunque he permanecido intacta, he visto con el tiempo alterarse
esa aparente inmutabilidad. Y he descubierto que muchas veces es lo que cambia
en una lo que le permite a una seguir siendo la misma. Y que lo que permanece
en una intacto, puede cambiarla para mal. Finalmente, no hay más remedio que asumir el cambio. La identidad se
construye a partir de lo temporal. El tiempo es constitutivo del ser en el
mundo. Su paso deja la huella del cincel sobre la materia y nos regala una
figura que se inscribe en el alma. El tiempo engarza la abstracción espiritual
y la solidez corporal, es una tregua, un paréntesis de la eternidad para
contestar una pregunta simple y compleja: ¿quién eres? Por eso, sólo el tiempo
puede enlazar lo uno y lo otro, lo interior y lo exterior.
La sombra se
proyecta moviéndose [...], encorvándose [...], irguiéndose y volviéndose a encorvar
para sacar la otra, irguiéndose otra vez enseguida. Lo que podemos tamizar de la realidad es su constante
intento por desembarazarse del tiempo, como quien pugna por sacarse la ropa.
Moviéndose, encorvándose, irguiéndose, un objeto de deseo, Leopoldo, resume la
vitalidad gozosa de lo ajeno y delata la patética expectativa de quien observa.
A partir de este momento, se abre un paréntesis y se inicia un poema que
podremos descifrar recién al final del cuento. (“Sombras”
“Sombras sobre” “Cuando una sombra sobre un vidrio veo” No). Adelina empieza a escribir. Tartamudea,
avanza, borra. El poema está en proceso de construcción, y ese proceso
paralelo, entre paréntesis, irá aflorando poco a poco, a lo largo del texto,
como en pequeñas condensaciones de sentido. Lo curioso del uso del paréntesis,
sin embargo, es que como signo enmarca una parte del texto que bien podría
obviarse y, aquí, por el contrario, funciona justamente como un texto dentro de
otro, como una intensificación esencial, una síntesis del fluir de la
conciencia que pretende responder al dilema existencial. No es menos importante
que todo lo que Adelina piensa es únicamente lo que ella decanta y vuelca en la
escritura. Quizás, con esta valoración alternativa del paréntesis, Saer intente
mostrar la inversión de planos de la realidad. ¿Qué es lo que normalmente se
percibe del mundo de un hombre, digamos, de un escritor? Pues lo que está entre
paréntesis, la escritura, un resumen, una mínima condensación de la totalidad.
Difícilmente podamos decodificar completamente la intención poética con signos
tan rudimentarios. Como siempre, el lenguaje es limitado. Por otra parte, eso
que se lee, bien puede pasar inadvertido, pues no todos son capaces de
interpretar. Los signos se sueltan como haces de luz de una estrella que
explotó quién sabe cuándo, y, así, percibimos diferidamente los hechos a
destiempo. La realidad fluye como un río, y nosotros podemos verlo pasar o
estar inmersos en él. Adelina ve pasar este río y, a partir de esta postura,
todo el texto se yergue como una construcción conjunta de gerundio. Adelina ve
a Leopoldo desvistiéndose. Adelina ve cómo el río va pasando y no se anima a
nadar.
Cuando la hamaca va hacia atrás, Adelina recoge
ciertas incandescencias, trozos de diálogos emblemáticos del pasado, que han
quedado resonando sin solución: “La señorita Flores —dijo,
riéndose y poniéndose como pensativo— ha dicho hermosas palabras sobre la
condición de los seres humanos. Lástima que no sean verdaderas. Digo yo, la
señorita Flores, ¿ha estado saliendo últimamente de su casa? [...] Usted
debería [...] romper la camisa de fuerza del soneto —porque las formas
heredadas son una especie de virginidad— y empezar con otra cosa”. Tomatis, un personaje presente en casi todas
las obras de Saer, es quien cuestiona a Adelina. Podríamos decir que el alter
ego de Saer necesita irrumpir impetuosamente en esta narración para sacudirla.
De hecho, sus comentarios han dejado una grieta visible en el recuerdo de
Adelina y rompen también la camisa de fuerza que pueda tener el lector, ya
identificado con el personaje principal. Tomatis nos empuja al río, y Adelina
nos sostiene en la orilla. Tambaleamos, dudamos al borde del abismo. La
impetuosidad del estilo directo, de la voz ajena, que tapa la conocida
cantilena de ella, es una exhortación filosófica que va de la reflexión a la
acción. Hay que empezar con otra cosa. Tomatis piensa, elabora los datos de la
realidad, pero se resigna a ensuciarse las manos con la vida. Se emborracha,
habla, vive lo que puede. Sus sentencias están dentro del discurso coloquial: Me juego la cabeza de que usted es capaz de salir adelante. Usted que
la tiene cerca, páseme esa botella de vino. Gracias”. Las aguas de este lenguaje son turbias, lo importante
está dentro de lo cotidiano, lo alto y lo bajo van juntos. Por eso, romper la
forma del soneto es salir del fluir de la conciencia, darle lugar al estilo
directo, a la voz del otro, a la irreverencia de lo sorpresivo, para
interactuar con el mundo y su registro desarticulado, sucio, precoz; porque hay
un modo de vivir sin dejar de pensar, pero, quizás, eso signifique renunciar a la
perfección, bajar el registro.
Sin embargo, Adelina es incapaz de seguir los
consejos de Tomatis y se aferra a la sombra: Es terrible
pensar que lo único visible y real no son más que sombras. Su manera de vivir es traducir esas sombras,
imaginar la realidad detrás de la sugerencia, cubrir con su mirada la totalidad
del ahora, apropiarse caleidoscópicamente de cualquier contingencia y plasmarla
en imágenes y palabras. Por eso, la probabilidad debe transformarse en certeza.
El subjuntivo debe mutar hacia el indicativo: ...hasta es
probable que estén todos echados en la arena de la playa, o en el agua,
mientras el sol del crepúsculo vuelve roja la laguna y dos chicos se tiran uno
al otro una pelota de goma que retumba en medio del silencio cuando choca
contra la tierra. [...] Es como si estuviera aquí y al mismo tiempo en cada
parte. ¡Es tan complejo y tan sencillo! La frase que abre el texto se repite como decantación de un proceso que
se inició en la primera línea y que aquí ya está impregnado de sentido. Adelina
se hamaca como una diosa en su trono. Desde allí, su perspectiva es eterna.
Nada le impide crear la realidad que las sombras enmascaran, y esa realidad
suya totalizadora, que resume lo fragmentario de los otros en una unidad
personal de deseo, recuerdo e imaginación, no es menor que la del resto,
circunscripta a lo próximo y pretenciosa de verdad. Adelina no se plantea el
mundo en términos de verdad. Su verdad es suficiente y absoluta. Su verdad es
su mirada. Pues, como dice el mismo Saer: ...trabajo
fundado en la convicción adquirida [...] de que todo es, necesariamente, no
falso, sino erróneo: no falso, porque la falla no está en el objeto, que no es
en sí ni verdadero ni falso, sino erróneo, lo que equivale a decir,
indirectamente: propio del sujeto.
Entonces, ya no se intensifica el foco sobre el
objeto, sino sobre el sujeto. Se abre nuevamente el paréntesis: (“Veo una sombra sobre un vidrio. Veo. Veo una sombra sobre un vidrio.
Veo”). La descripción de los
objetos funciona como motivación, como una plataforma a la cual se pueda
recurrir en la memoria, un espacio común.
El techo de la sala de espera es alto, yo he estado
ahí cientos de veces, muy alto, y el juego de sillones de madera con la mesita
central para las revistas y el cenicero es demasiado frágil y chico en relación
con ese techo altísimo y la extensión de la sala de espera, que originariamente
era en realidad el vestíbulo de la casa. Adelina imagina a Susana, su hermana, moviéndose ajena a la fiebre de
la calle, llegando al consultorio del médico. De pronto, Susana se convierte en
personaje de Adelina, pues se crea una historia con sus vicisitudes, una
sucesión de hechos probables. Susana es otra criatura común como todos los
seres humanos, que se sienta en una sala de espera para que le digan cuál es su
enfermedad. Para llegar allí, ha debido atravesar el ruido y la suciedad del
exterior, y ahora debe esperar un veredicto. Antes, el consultorio era una
casa, y la sala de espera era el vestíbulo. Desde allí, comenzaba a
vislumbrarse la vida. Ahora, somos conscientes de la enfermedad del tiempo y
sólo nos resta aguardar la muerte. La casa, símbolo del mundo, se ha
transformado. El hombre está enfermo de velocidad y confusión. Puede detenerse,
sin duda, pero esto le significaría la muerte. ¿Cómo vivir entonces? ¿Cómo
vivir en este “ahora”, esta sombra, este reflejo oscuro
sobre la transparencia del deseo?
El techo de la sala de espera es demasiado alto en relación con lo demás. Se
nos plantea una oposición tormentosa: lo microscópico y lo macroscópico. El
cielo inalcanzable, y la realidad minúscula. El cenicero es frágil y chico. El
espacio destinado a las cenizas, a la muerte, es reducido frente a las expectativas
que nos planteamos para la vida. Si todo se resume en una sala de espera,
quizás, esperamos demasiado. Quizás, nos empeñamos demasiado en ignorar la
muerte. Pero esto también es conjetural. Todos los mundos son carcelarios. Para
los hombres ajenos a la eternidad, el mundo está atrapado en la sala de espera
o en el ruido ensordecedor. El mundo del hombre, sin la perspectiva de la
eternidad, es una cárcel. La perspectiva de la eternidad, sin el hombre,
también lo es.
El tiempo de
cada uno es un hilo delgado, transparente, como los de coser, al que la mano de
Dios le hace un nudo de cuando en cuando y en el que la fluencia parece
detenerse nada más que porque la vertiente pierde linealidad. El tiempo reduce todo a simplicidad, a grado
cero. Allí ronda la prosa de Saer: Con el tiempo, si es
que estoy viva, tomaré el color de la esterilla del sillón, me iré volviendo
amarillenta y lustrosa, pulida por el tiempo. En eso fundo su sencillez. En que
solamente pule y simplifique y preserva lo inalterable, reduciendo todo a
simplicidad. [...] Lo único que hace es simplificar. Sencillez, simplifique, simplicidad y simplificar.
Todo en un solo párrafo para intensificar una idea tan compleja y, sin embargo,
tan sencilla. Mientras los otros viven un tiempo que devora y avanza, Saer
muestra un tiempo que pule, reduce y simplifica, que conserva lo inalterable,
como si existiera un núcleo incandescente que proyecta una luz. Pero esa luz ya
llega muerta a los hombres, en forma de sombra. Entonces, esa verdad, esa palabra
justa que Adelina no puede encontrar para su poema, es inasible como el
“ahora”, y sólo nos queda la imaginación, las conjeturas, la perspectiva
personal y el recuerdo. El lenguaje también se escapa, y se incluye, como diría
Roland Barthes, un tercer término, término neutro o término cero y ...así, entre el modo subjuntivo y el imperativo, el indicativo aparece
como una forma no modal [...]. La nueva escritura neutra está hecha
precisamente de su ausencia [...], es más bien una escritura inocente [...], es
el modo de existir de un silencio.
Luz muerta, vestido gris, pelo gris, resplandor
pútrido. La creación se reduce constantemente. El germen ya es ceniza ante los
ojos de un observador sensible. El impulso se congela y estático lucha por
sobrevivir. La luz está muerta. Ningún adjetivo hubiera resultado más elocuente
que éste. El contraste es doloroso, pero curiosamente el dolor no nos alcanza.
El lenguaje parece estar acabado antes del abrazo verbal. Algo interrumpe la trayectoria de la
comunicación. Ni la luz, ni la palabra, ni la verdad llegan limpias a su
destino: ...por una red ferroviaria dibujada en líneas
rojas en un mapa proyectado en una pared transparente. Las circunstancias de lugar se multiplican, la visión
final se pospone y está sujeta a la mediación. Sólo así, laberínticamente, por
reflejos de reflejos, captamos la imagen primordial, el poema completo. Por
eso, leemos fragmentariamente el escrito de Adelina. Por eso debemos esperar,
juntar las partes del rompecabezas, usar el ingenio, para ver la totalidad.
La luz está muerta, gris, difusa, escondida detrás de
las cortinas. ¿Qué debemos hacer para correr todos los velos? ¿Cómo engarzar
las palabras, los nudos divinos del tiempo? (“Ah si un
cuerpo nos diese” “Ah si un cuerpo nos diese” “aunque no dure” “una señal”
“cualquier señal” “de sentido” “oscuro” “oscura” “Ah si un cuerpo nos diese
aunque no dure” “una señal” “cualquier señal oscura” “Ah si un cuerpo nos diese
aunque no dure” “cualquier señal oscura de sentido” “Veo una sombra sobre un vidrio.
Veo” “algo que amé hecho sombra y proyectado” “sobre la transparencia del
deseo” “como sobre un cristal esmerilado” “En confusión, súbitamente apenas”,
“vi la explosión de un cuerpo y de su sombra”). Se trata de repetir, ampliar, sumar, ahogar la frase
hasta que explote su cuerpo y su sombra. Desear ferozmente el sentido hasta el
punto límite de la sintaxis. La forma se estira con ese deseo y, finalmente, se
rompe. Adelina, por fin, ha logrado vislumbrar la intención de su amigo
Tomatis. En confusión, súbitamente apenas, saltó de la hamaca y vio. Vio la
explosión del cuerpo y de la sombra. Algo es terminativo. La intensidad del
deseo quebró la ley del tiempo observador y se insertó en el plano del mundo. Existen los sonetos, pero no las mutilaciones [...]. Porque así como
cuando lloramos hacemos de nuestro dolor que no es físico, algo físico, y lo
convertimos en pasado, cuando dejamos de llorar, del mismo modo nuestras
cicatrices nos tienen continuamente al tanto de lo que hemos sufrido. Pero no
como recuerdo, sino más bien como signo.
Como signo, como lenguaje, se inscriben los hechos.
Cada miembro del cuerpo sufre el dolor del verbo, que marca a fuego una
cicatriz. Porque el verbo, creador del mundo, debe surcar su camino en el
lenguaje y hacerse lugar para permanecer como signo, cicatriz indeleble de la
identidad del hombre.
(“el lugar de la
casa humana” “cuál es el lugar de la casa humana” “cuál es el sitio de la casa
humana”) [...] la luz gris del atardecer que se condensa alrededor de mi cabeza
como el resplandor de una llama ya muerta
(“Y que por ese olor reconozcamos” “cuál es el sitio de la casa humana”
“como reconocemos por los ramos” “de luz solar la piel de la mañana”). Así termina el poema, a la espera de un
espacio que no es más que un deseo, una ilusión, un trozo de futuro.
El cuento se cierra con un envío, quizás, en señal de
que la narración nunca está terminada. Allí, Saer concluye: Odiamos la vida porque no puede vivirse. Y queremos vivir porque
sabemos que vamos a morir.
Yo me atrevo a agregar: Odiamos el verbo porque no
puede aquietarse. Y queremos decir porque sabemos que vamos a callar.
DOLORES CANESTRI