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Los cisnes reposan contra
la luz. Tenue, la luz aún no rebota, no se crispa, no arde, filtra apenas,
tímida como una mano indiscreta en el pelaje blanco. Amanece en el cuello del
cisne mayor. Nace un haz diminuto desde el ala hasta la boca, rompe la clausura
de la noche. Despacio. Despacio. Una herida luminosa entre los labios. Rojo el
horizonte entre los párpados. Respira todo el aire de una vez, y es mucho,
demasiado el mundo real. Ha terminado el sueño. Llora.
Se toca la pequeña
cicatriz en la muñeca, que da cuenta de una herida ya cerrada hace tiempo.
Nunca
es demasiado tarde para aprender a andar en bicicleta, le había dicho Pablo, y la había
empujado suavemente sin notar que la calle tenía una leve declinación. La
bicicleta había tomado una velocidad increíble, y ella sentía que sus piernas
volaban al ritmo de los pedales. Reía tanto que era imposible pensar en frenar,
sobre todo cuando, al llegar al cruce, un encuentro inesperado la obligó a
tomar una decisión.
Ahora, todos los cisnes
inician el aleteo, uno tras otro, despiertan. Ya para este momento, la música
invade a la audiencia, que se ha quedado inmóvil como en una grieta de
silencio. Lentamente, brazo en alto, la mano sutil desperezándose lejos, cada
cisne repite con impecable rigor los movimientos de salida. Brazos, manos,
pies, cuerpos que se estiran, tocan el cielo, se repliegan, giran, dejan el
grupo, corren, se detienen, observan, esperan, tiemblan, apenas rozan el suelo.
Vuelan. Son demasiado bellos, todos los cisnes, indiscriminadamente.
Silencio. El director
mantiene el puño cerrado en el aire. El sonido, allí atrapado como una mosca
distraída, ya no es ni un zumbido siquiera. Todo ha quedado quieto. Suspendido
el tiempo. Los músicos relajan sus instrumentos. Pablo se endereza temeroso en
su asiento. No desea hacer ruido, pero lo hace. El mínimo quejido del sillón
perturba la impasible expectativa de sus vecinos. Los ojos de los cisnes se han
fijado en un punto cualquiera para mantener el equilibrio. Cada uno sabe dónde
está su secreto punto fijo. No parpadean, no tiemblan, respiran, exhalan,
recuperan el aire y lo devuelven a los ojos que, también detenidos, esperan en
sus asientos aterciopelados. Sólo ella ha perdido su punto de referencia. Ha
percibido el tímido rechinar de un cuerpo turbado en la espera. Ha mirado, sin
saber, fuera del margen del equilibrio y ha trastabillado, apenas, sin querer,
pero no ha caído aún.
¡Cuidado!, el grito de Pablo resonaba a lo
lejos, como un eco desvencijado que ya no tenía sentido. Por supuesto que había
logrado pasar antes que el auto, sobre todo con la velocidad que llevaba, pero
sólo un par de segundos después se dio cuenta de que debía frenar de algún
modo, así que lo único que llegó a hacer fue lanzarse torpemente contra un auto
estacionado, frente a las miradas absortas de un par de vecinas mayores.
¿Estás
sangrando?, le había
preguntado él sin ocultar el ataque de risa. Ella pensó que si podía sortear la
vergüenza de aquella situación, podía llegar a hacer cualquier cosa de allí en
adelante. No me pasó nada, fue divertido,
¿no?, había contestado tan resuelta que hasta podía obviarse su aspecto y
su cara llena de tierra. Recién dos cuadras más adelante descubriría esa
pequeña incisión en la muñeca, que ahora le trae tantos recuerdos.
Aún no ha empezado la
música, pero ya empieza. Ya empieza. El director se infla y expande sus brazos
como un pavo real. Los violines se trepan al hombro y quiebran la rígida
tensión de las piernas, que ahora se impulsan a zancadas, multitud de piernas
cruzándose y abriéndose contra la gravedad. No importa el suelo. No importa. Es
sólo un lugar de toque. Toco y salto. Toco y salto. Y me voy. Me voy. La
melodía se diluye, aunque no del todo. Queda un murmullo capaz de hacerla
regresar. Por fin. Lo ha ensayado mil veces, sin embargo, la presencia de los
ojos hundidos en los cuerpos, sobre los asientos del teatro, es suficiente para
infundirle temor. La luz la aspira y la busca detrás del telón. Debe salir sola
por primera vez. Lo ha ensayado tantas veces, es sólo un pique, un salto, una
pirueta, una caída graciosa. Una caída. Nada más. La velocidad es la clave. Una
vez que tome carrera, estará lanzada en la voracidad del tiempo. Y serán
segundos, nada más, irreversibles. Por eso teme. Sabe que domina el salto y la
voltereta, pero no sabe —nunca se sabe— si domina la caída. Una mínima
distracción, otra mirada fuera del margen y… ya no puede pensar más. Se ha
demorado un segundo en la entrada. Está en el aire. Nada hay más sublime que
ese instante en que la magnitud de lo real queda suspendida. El mundo y sus
avatares, su bullicio, el torrente de su destino ha quedado lejos, allí abajo,
por una fracción de segundo que ya no es tiempo, sino palpitación, espasmo de
lo que suele llamarse vida.
Glorioso. El público
admira su descenso impecable. Ha logrado volver con elegancia. Se siente dueña
de su cuerpo otra vez. Quizá, dueña de todos los ojos húmedos en los sillones
blandos. Como sumergida, contiene en su estómago el vértigo de la caída y lo
esconde. El ombligo se retrae, evita la distensión, pero sus músculos, laxos,
yacen pesados, casi presos de la tierra. Allí deberá permanecer un momento. De
pronto, la cabeza busca el centro del cuerpo, que huye hacia atrás como
espantado, y ella queda de rodillas, ahora sentada en los talones y ya
hundiendo la cabeza entre los brazos. Los vientos retumban como truenos, se han
callado las cuerdas. Se avecina la tormenta. Los cisnes invaden el escenario.
Pero ella no es ya un cisne, no puede moverse. Las tubas dan la voz de alerta.
Los trombones avanzan. Él se aferra a los brazos del sillón. Ella se aferra a
los brazos que la alzan y de nuevo, como obedeciendo a una especie de mandato,
se deja conducir. Sin duda, es allí, a casi un metro del suelo, donde ciertas
aves reconocen su hábitat, que, curiosamente, comparten con las hadas y los
ángeles.
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