martes, 8 de octubre de 2013

Primer capítulo de Intervalo


 1


Los cisnes reposan contra la luz. Tenue, la luz aún no rebota, no se crispa, no arde, filtra apenas, tímida como una mano indiscreta en el pelaje blanco. Amanece en el cuello del cisne mayor. Nace un haz diminuto desde el ala hasta la boca, rompe la clausura de la noche. Despacio. Despacio. Una herida luminosa entre los labios. Rojo el horizonte entre los párpados. Respira todo el aire de una vez, y es mucho, demasiado el mundo real. Ha terminado el sueño. Llora.
Se toca la pequeña cicatriz en la muñeca, que da cuenta de una herida ya cerrada hace tiempo.
Nunca es demasiado tarde para aprender a andar en bicicleta, le había dicho Pablo, y la había empujado suavemente sin notar que la calle tenía una leve declinación. La bicicleta había tomado una velocidad increíble, y ella sentía que sus piernas volaban al ritmo de los pedales. Reía tanto que era imposible pensar en frenar, sobre todo cuando, al llegar al cruce, un encuentro inesperado la obligó a tomar una decisión.
Ahora, todos los cisnes inician el aleteo, uno tras otro, despiertan. Ya para este momento, la música invade a la audiencia, que se ha quedado inmóvil como en una grieta de silencio. Lentamente, brazo en alto, la mano sutil desperezándose lejos, cada cisne repite con impecable rigor los movimientos de salida. Brazos, manos, pies, cuerpos que se estiran, tocan el cielo, se repliegan, giran, dejan el grupo, corren, se detienen, observan, esperan, tiemblan, apenas rozan el suelo. Vuelan. Son demasiado bellos, todos los cisnes, indiscriminadamente.
Silencio. El director mantiene el puño cerrado en el aire. El sonido, allí atrapado como una mosca distraída, ya no es ni un zumbido siquiera. Todo ha quedado quieto. Suspendido el tiempo. Los músicos relajan sus instrumentos. Pablo se endereza temeroso en su asiento. No desea hacer ruido, pero lo hace. El mínimo quejido del sillón perturba la impasible expectativa de sus vecinos. Los ojos de los cisnes se han fijado en un punto cualquiera para mantener el equilibrio. Cada uno sabe dónde está su secreto punto fijo. No parpadean, no tiemblan, respiran, exhalan, recuperan el aire y lo devuelven a los ojos que, también detenidos, esperan en sus asientos aterciopelados. Sólo ella ha perdido su punto de referencia. Ha percibido el tímido rechinar de un cuerpo turbado en la espera. Ha mirado, sin saber, fuera del margen del equilibrio y ha trastabillado, apenas, sin querer, pero no ha caído aún.
¡Cuidado!, el grito de Pablo resonaba a lo lejos, como un eco desvencijado que ya no tenía sentido. Por supuesto que había logrado pasar antes que el auto, sobre todo con la velocidad que llevaba, pero sólo un par de segundos después se dio cuenta de que debía frenar de algún modo, así que lo único que llegó a hacer fue lanzarse torpemente contra un auto estacionado, frente a las miradas absortas de un par de vecinas mayores.
¿Estás sangrando?, le había preguntado él sin ocultar el ataque de risa. Ella pensó que si podía sortear la vergüenza de aquella situación, podía llegar a hacer cualquier cosa de allí en adelante. No me pasó nada, fue divertido, ¿no?, había contestado tan resuelta que hasta podía obviarse su aspecto y su cara llena de tierra. Recién dos cuadras más adelante descubriría esa pequeña incisión en la muñeca, que ahora le trae tantos recuerdos.
Aún no ha empezado la música, pero ya empieza. Ya empieza. El director se infla y expande sus brazos como un pavo real. Los violines se trepan al hombro y quiebran la rígida tensión de las piernas, que ahora se impulsan a zancadas, multitud de piernas cruzándose y abriéndose contra la gravedad. No importa el suelo. No importa. Es sólo un lugar de toque. Toco y salto. Toco y salto. Y me voy. Me voy. La melodía se diluye, aunque no del todo. Queda un murmullo capaz de hacerla regresar. Por fin. Lo ha ensayado mil veces, sin embargo, la presencia de los ojos hundidos en los cuerpos, sobre los asientos del teatro, es suficiente para infundirle temor. La luz la aspira y la busca detrás del telón. Debe salir sola por primera vez. Lo ha ensayado tantas veces, es sólo un pique, un salto, una pirueta, una caída graciosa. Una caída. Nada más. La velocidad es la clave. Una vez que tome carrera, estará lanzada en la voracidad del tiempo. Y serán segundos, nada más, irreversibles. Por eso teme. Sabe que domina el salto y la voltereta, pero no sabe —nunca se sabe— si domina la caída. Una mínima distracción, otra mirada fuera del margen y… ya no puede pensar más. Se ha demorado un segundo en la entrada. Está en el aire. Nada hay más sublime que ese instante en que la magnitud de lo real queda suspendida. El mundo y sus avatares, su bullicio, el torrente de su destino ha quedado lejos, allí abajo, por una fracción de segundo que ya no es tiempo, sino palpitación, espasmo de lo que suele llamarse vida.
Glorioso. El público admira su descenso impecable. Ha logrado volver con elegancia. Se siente dueña de su cuerpo otra vez. Quizá, dueña de todos los ojos húmedos en los sillones blandos. Como sumergida, contiene en su estómago el vértigo de la caída y lo esconde. El ombligo se retrae, evita la distensión, pero sus músculos, laxos, yacen pesados, casi presos de la tierra. Allí deberá permanecer un momento. De pronto, la cabeza busca el centro del cuerpo, que huye hacia atrás como espantado, y ella queda de rodillas, ahora sentada en los talones y ya hundiendo la cabeza entre los brazos. Los vientos retumban como truenos, se han callado las cuerdas. Se avecina la tormenta. Los cisnes invaden el escenario. Pero ella no es ya un cisne, no puede moverse. Las tubas dan la voz de alerta. Los trombones avanzan. Él se aferra a los brazos del sillón. Ella se aferra a los brazos que la alzan y de nuevo, como obedeciendo a una especie de mandato, se deja conducir. Sin duda, es allí, a casi un metro del suelo, donde ciertas aves reconocen su hábitat, que, curiosamente, comparten con las hadas y los ángeles.


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